Anónima

Si alguno de ustedes está cansado de vivir bajo las garras del topo gigante, si está harto de que cada noche escarbe en su conciencia hasta dar con lo olvidado. Si no puede seguir viviendo y saber que el topo gigante conoce todos sus secretos, si se siente sometido a todos sus deseos, si está a punto de cometer una locura, no lo haga. No lo haga, al menos antes de ponerse en contacto con nosotros, su testimonio puede ser de vital importancia para la captura y total aniquilación del gran topo.

Enviar testimonios a la atención de La Topa Gigante.
testimonios@latopagigante.org

El Gordo

Estirarme la camiseta es el primer recuerdo que tengo de mí. Es un recuerdo lento, estoy sentado en clase y con la mano derecha del lado derecho, y con la mano izquierda del lado izquierdo estiro mi camiseta para que nadie pueda ver como me va creciendo la tripa. Cuando suelto las puntas de mi camiseta esta vuelve a plegarse sobre mí como una nueva piel, más gorda y más lenta, para que todos puedan verlo.

Ahora es fácil encontrar mi nombre en los periódicos, desde que empezó a crecerme la panza no han dejado de hablar de mi. Ya no me llaman D. de la Concha, García Montero, el Gordo, y todo lo que dicen de mí ha de llevar por el ley, y que ninguna acusación se lo salte, el adjetivo supuesto.

Pronto me llevarán ante el juez y veremos, entonces, que cara pone el fiscal, cuando confiese, bajo juramento, que yo ni estoy, ni soy D. de la Concha, García Montero, el Gordo, que a los ocho años el topo gigante se coló bajo mi camiseta y que desde entonces, digan lo que digan esos locos, se ha negado a salir.

El ciego

Dios me hizo a su imagen y semejanza de lo que se deduce que Dios es tripudo, cabezón, chato, tartaja, negro, canijo, zancajoso, brazicorto, bizco, desdentado, e inútil para el trabajo. O lo que es lo mismo, otra jactanciosa tentación para el diablo.

Suponemos que, confundido por la exactitud de las apariencias, se presentó a mí en forma de topo gigante.

-¿Has visto a dios, rey de los cielos y de la tierra?
Qué extraña pregunta para un pobre ciego, pensé, y lo mismo debió de pensar Dios, que apareció como si siempre hubiera estado allí. Tripudo, cabezón, chato, tartaja, negro, canijo, zancajoso, brazicorto, bizco, desdentado, e inútil para el trabajo, Dios le concedió la vista y ya no pudo librarse de él.

A mí, al verme, me mordió los ojos y tampoco lo he conseguido.