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A quince pasos

Que soy más vago que escrupuloso lo demuestra el hecho de que cuando alguien abandona mi despacho me aprovecho de sus hielos.

Que los hielos de mis vasos se derriten antes que los de mis compañeros era un misterio que alguien (aunque, en realidad, creo que fui yo mismo) ya desveló en alguno de los topos anteriores. Claro que como todo el mundo sabe, desvelar un misterio no evita su persistencia. Por eso mis hielos siguen derritiéndose con espantosa celeridad, sin que nada pueda hacerse por remediarlo.

Cada vez que comparto un whiskey con alguno de mis despacho-visitantes, todos se marchan dejando frente al mío, un vaso de whiskey vació de whiskey, pero rebosante de hielos, todavía pegados los unos a los otros, como un puñado de zigotos.

Mientras tanto, en el mismo tiempo, con la misma cantidad de hielos y la misma cantidad de whiskey, en mi vaso no quedan sino dos o tres lentillas de hielo flotando sobre el último sorbito.

En esos momentos, cuando la visita se ha ido y nadie me mira, vuelco su vaso en el mío, sólo por evitar los quince pasos que separan mi despacho de la nevera. Poco importa lo mucho que aprecie a la persona que me ha visitado. Ahora tengo que confesar, y ni siquiera me ruborizo al pensarlo, que bebo alzando el labio alto para evitar el contacto helado del otro, pero bebo. Todo sea por evitar esos quince pasos.

Y debo confesar, y ya no me ruborizo al contarlo que, a veces, incluso hago entrar a mi despacho a desconocidos solo para que les sirvan un whiskey y quedarme con sus hielos.

Lo digo por que me ocurre lo mismo con el blog. Eso sí, no tengo ni puta idea de a quince pasos de qué me encuentro, aunque basta publicar cosas como esta para sentir ese breve escrúpulo.

Cuando no tengamos más Sinaí que la sopa de fideos por desayuno



Dicen que los diseñadores de cubitos de hielos no saben beber pero que los chinos conocen a su clientela. Para no delatarse con sus logros los chinos nunca dejan de sonreír y, mucho menos cuando te sirven sus buenas bolsas de piedras de hielo aunque tengan la persiana en cierre y las luces del establecimiento apagadas.

Antes de ponerse una copa hay que inspeccionar la cubitera. Si sus amigos son modernos está usted perdido. Si tiene una casa Ikea está perdido. Si no heredó usted la cubitera de su madre y su madre hace al menos un decenio que es abuela, está usted irremediablemente perdido. Una noche tras otra se verá obligado a bajar hasta la china en busca de una bolsa repleta de piedras de hielo. Una extraña magia, mucho más antigua y más poderosa que el cristianismo, le sorprenderá todos los días en la calle con la ropa de casa. Con un agujero en la zapatilla. Con las monedas justas en una mano y aporreando la persiana del establecimiento con la otra. Al despertar un chino, misteriosamente sonriente, le cambiará las monedas por el hielo.
Lleve justo. El chino nunca tiene cambio.

Pronto no tendremos más Sinaí que la sopa de fideos.

Si usted es un hombre de genio como los chinos o como yo, se habrá extrañado ante la indefendible idea de que haya un solo diseñador, ya sea de cubitos de hielo o de grupos electromecánicos que por premio o por castigo, no comparta día sí, día también, nuestra afición por las bebidas que han de servirse, al menos, con una roquita de hielo.
Refutada pues la idea de que los diseñadores no sepan beber, la única explicación que nos queda, la conclusión a la que arribamos indefectiblemente, no es otra que la primera certeza en la conspiración sueco-china.

Si usted no es un hombre de genio como los suecos como los chinos o como yo, diríjase inmediatamente a su nevera, habrá el congelador, y dígame en que país fue fabricada su cubitera. Si además de no ser un hombre de genio tampoco dispone de idiomas, puede estar seguro de que Made in Sweden significa fabricado en Suecia. Los suecos diseñan, fabrican y distribuyen a través de Ikea el 87.35% de las cubiteras del primer mundo. Sin contar a China. Los chinos saben muy bien porqué.

Sea o no un hombre de genio, si tiene cubiteras en casa, se habrá percatado de la marcada tendencia de los últimos once años de los cubitos de hielo con formas. Los hay con forma de estrellas de cinco puntas, con forma de martillo, con formas de aves, de gatos, de perros, con formas de lápiz, de linterna, incluso hay hielos de todas las letras…Cuantas más aristas tengan mejor. Mejor para los chinos.

Cuantas más puntas, aristas, patitas, picos, o haches tengan las formas del hielo más dificultades encuentra el hielo para concentrarse y no derretirse. Todas las puntas, aristas, picos y haches son solo un breve ejemplo para ver, si no se han roto al extraerlas de sus cubículos, como se derriten de afuera hacia dentro, más rápidas incluso, que nuestra sed.

Todavía no dispongo de más pruebas que la experiencia de bajar noche sí, noche también, a la calle con la ropa de casa, con un agujero en la zapatilla y con un puñado de monedas en la mano. En casa las piedras de hielo chinas pueden durar toda la noche. A veces incluso un día entero. Una vez me encontré, en una bolsa que creía vacía, una piedra que me duró tres noches y tres días. Y después me ha ocurrido con frecuencia. Chai Li Shiln dice que soy un hombre con suerte. Muchas veces pienso que tiene razón. Últimamente no hay una bolsa en la que no me encuentre, al menos, seis o siete piedras de las que tardan hasta tres días en derretirse.

Chai Li dice que soy un hombre con suerte pero tres días dan mucho que pensar. Y siendo un hombre de genio como los suecos o como los chinos, me preocupo. Más o menos tengo claro que mucho antes de lo que se cree no tendremos más Sinaí que la sopa de fideos por desayuno, el sexo más desinhibido y por lo tanto el más triste del mundo una vez por semana, una vaga idea sobre la alianza sueco-china, y poco más, que no sean, los mejores hielos del mundo.

Todavía no puedo demostrarlo pero hasta entonces mi querida y fiel esposa Chai Li Shiln seguirá escuchando mis deliberaciones hasta que se derritan los hielos, y sin dejar de sonreír.