A quince pasos

Que soy más vago que escrupuloso lo demuestra el hecho de que cuando alguien abandona mi despacho me aprovecho de sus hielos.

Que los hielos de mis vasos se derriten antes que los de mis compañeros era un misterio que alguien (aunque, en realidad, creo que fui yo mismo) ya desveló en alguno de los topos anteriores. Claro que como todo el mundo sabe, desvelar un misterio no evita su persistencia. Por eso mis hielos siguen derritiéndose con espantosa celeridad, sin que nada pueda hacerse por remediarlo.

Cada vez que comparto un whiskey con alguno de mis despacho-visitantes, todos se marchan dejando frente al mío, un vaso de whiskey vació de whiskey, pero rebosante de hielos, todavía pegados los unos a los otros, como un puñado de zigotos.

Mientras tanto, en el mismo tiempo, con la misma cantidad de hielos y la misma cantidad de whiskey, en mi vaso no quedan sino dos o tres lentillas de hielo flotando sobre el último sorbito.

En esos momentos, cuando la visita se ha ido y nadie me mira, vuelco su vaso en el mío, sólo por evitar los quince pasos que separan mi despacho de la nevera. Poco importa lo mucho que aprecie a la persona que me ha visitado. Ahora tengo que confesar, y ni siquiera me ruborizo al pensarlo, que bebo alzando el labio alto para evitar el contacto helado del otro, pero bebo. Todo sea por evitar esos quince pasos.

Y debo confesar, y ya no me ruborizo al contarlo que, a veces, incluso hago entrar a mi despacho a desconocidos solo para que les sirvan un whiskey y quedarme con sus hielos.

Lo digo por que me ocurre lo mismo con el blog. Eso sí, no tengo ni puta idea de a quince pasos de qué me encuentro, aunque basta publicar cosas como esta para sentir ese breve escrúpulo.

11 comentarios:

meim dijo...

Brrr,
yo tengo mucho frio
pero ignoro a cuantos
pasos me encuentro
del hielo...
SaludiTÓs

Alberto M dijo...

Mi querido hombre,
esto es poesía de la experiencia y lo demás todo un cuento.
(Tengo ganas ya de verte, coño)
Un abrazo tío.

Anónimo dijo...

A veces, es verdad, me descubro leyendo con el labio superior alzado... Con las palabras sucede lo mismo que con los hielos: parece que las de los demás tardan más en disiparse en el aire que las propias. Y las reaprovecho por no ir hasta la estantería a releer, o al diccionario.

G.

Anónimo dijo...

Los hielos, ay, los hielos.
Todo lo sólido se desvanece en el aire, escribió Marx.
Hace frío. Hace calor.
Los hielos ya no son de agua.
Todo es apariencia.
Por fin ha salido el topo de su madriguera. Me alegro.
Saludos,
m

Anónimo dijo...

Sr. Topo Gigante,en la taberna que regento hay dos asiduos clientes que comparten su afición. El hielo guarda la asombrosa cualidad de quedar adherido a las lenguas.Ellos han cultivado la pereza al igual que usted, dejando atrás su escrúpulo y ahora, sin importar quién fue el anterior propietario del vaso olvidado, son capaces de transmutarse en cualquiera de los parroquianos. Como extraños camaleones de la palabra.

P.

Alberto M dijo...

envido más

Anónimo dijo...

¡Órdago?

G.

Alberto M dijo...

(jaja, George) Paso!

Anónimo dijo...

Pues dos de chica y a pares..? (¿esto era así, en ese orden?)

G.

Alberto M dijo...

Creo que sí.
Parece una canción de Miguel Ríos.

Anónimo dijo...

Puajjj!

G.