
Estimados amigos,
Ocurre que a veces me encuentro ante la nevera, con la puerta del congelador abierta, una bolsa de hielos en la mano y, preguntándome qué coño hago yo aquí. Ya sabéis que no os molestaría con estas menudencias de no ser por que algo más sugestivo que mi imaginación, y mucho más poderoso que cualquier demostración empírica, me dice que todo esto me ocurre por pestañear. Y es que basta con emerger de un pestañeo para quedarme sin intenciones. Así que -a veces-, ocurre que, pestañeo y me pregunto que coño hago yo aquí, frente al congelador abierto y con una bolsa de hielos en la mano. En estos casos, no queda otra, os aseguro que lo he intentado todo y que no queda otra que dejarse llevar, actuar con naturalidad.
Que te encuentras frente al congelador abierto y con una bolsa de hielos en la mano, pues actúa con naturalidad. Particularmente, cuando me encuentro en esta situación, cojo un par de hielos y me dirijo a mi despacho. Allí siempre tengo un vaso vacío y una botella de whiskey para que no se me quede cara de tonto.
No vaya a haber alguien en mi despacho y me vea con hielos en la mano, sin un vaso y sin whiskey.
En sabiendo estas cosas, y con estos datos en la mano, ya podemos afirmar, que cualquier persona en estas circunstancias desarrollará, irreductiblemente y, por muy pleonástico que parezca, un terrible horror al pestañeo.
El sujeto que padezca este mal no es que no pueda pestañear sin humedecerse los pantalones, de hecho pestañeará tranquilo si está solo en su despacho pero, basta que alguien entre y se siente a su mesa para que empiecen a enrojecérsele los ojos y a llorar sin que nadie pueda hacer nada por remediarlo. En esos casos uno no podrá evitar -por mucho que se empeñe- ejecutar un pestañeo y se descubrirá llorando ante un desconocido, en su despacho, y como si fuera poco, al llevarse las manos a la cara se preguntará por qué tiene las mejillas pegajosas.
Eso es lo malo de los que padecen el mal del pestañeo . Uno se vuelve muy desconfiado. Como para no.
Basta con asomarse de un pestañeo para encontrarse en casa de los suegros, comiendo paella, con dos hielos en la mano, sin saber cual es tu vaso, y con todos mirándote como si necesitaran una respuesta. Pero hay cosas peores. Tengo cuatro o cinco amigos afectados de este mal y cada uno de ellos podría darnos más de cién ejemplos en los que tras un pestañeo se han encontrado en situaciones más tristes, mucho más tristes que ser ciego en Granada.
A mí no me duele tanto como a ellos pero, hace un ratito, un pestañeo me ha atacado por la espalda y me he visto reflejado en la pantalla del ordenador, con los ojos llorosos, las mejillas pegajosas, dos hielos en la mano, e intentando contar algo.