A quince pasos

Que soy más vago que escrupuloso lo demuestra el hecho de que cuando alguien abandona mi despacho me aprovecho de sus hielos.

Que los hielos de mis vasos se derriten antes que los de mis compañeros era un misterio que alguien (aunque, en realidad, creo que fui yo mismo) ya desveló en alguno de los topos anteriores. Claro que como todo el mundo sabe, desvelar un misterio no evita su persistencia. Por eso mis hielos siguen derritiéndose con espantosa celeridad, sin que nada pueda hacerse por remediarlo.

Cada vez que comparto un whiskey con alguno de mis despacho-visitantes, todos se marchan dejando frente al mío, un vaso de whiskey vació de whiskey, pero rebosante de hielos, todavía pegados los unos a los otros, como un puñado de zigotos.

Mientras tanto, en el mismo tiempo, con la misma cantidad de hielos y la misma cantidad de whiskey, en mi vaso no quedan sino dos o tres lentillas de hielo flotando sobre el último sorbito.

En esos momentos, cuando la visita se ha ido y nadie me mira, vuelco su vaso en el mío, sólo por evitar los quince pasos que separan mi despacho de la nevera. Poco importa lo mucho que aprecie a la persona que me ha visitado. Ahora tengo que confesar, y ni siquiera me ruborizo al pensarlo, que bebo alzando el labio alto para evitar el contacto helado del otro, pero bebo. Todo sea por evitar esos quince pasos.

Y debo confesar, y ya no me ruborizo al contarlo que, a veces, incluso hago entrar a mi despacho a desconocidos solo para que les sirvan un whiskey y quedarme con sus hielos.

Lo digo por que me ocurre lo mismo con el blog. Eso sí, no tengo ni puta idea de a quince pasos de qué me encuentro, aunque basta publicar cosas como esta para sentir ese breve escrúpulo.

Esta enfermedad

No me cabe la menor duda de que, esta enfermedad debe tener ya un nombre. Claro que, para tener una idea aproximada habría que ir al médico, o peor aún, para obtener un veredicto irrefutable: habría que acudir a Internet. Pero como todo el mundo sabe, en Internet lo que necesitas está a más de 3.000 links de lo que te interesa, por otra parte el doctor Arnall hace más de tres años que se jubiló, así que mis amigos y yo, una vez más volvemos a estar a salvo.

Sin duda el lector dispondrá de amigos propios, tan buenos como los de cualesquiera. Acaso no es una de las grandes virtudes de los amigos haber sufrido antes, uno por uno, y por cada uno de nosotros. Acaso, no están para eso. Pues anda que yo, suelen decir. O, eso no es nada, una vez yo..., suelen decir.
Cómo no voy a amar a mis amigos, si todo lo que sufro ya lo han padecido, antes que yo. Y solo para poder animarme. Cómo no voy a querer a mis amigos, si ya han vivido mi vida, sólo para ayudarme a vivirla.

A veces, hasta me dejan ejercer de amigo. Yo sé que solo lo hacen para dejar arrimarme a lo suyo. Pero, no me importa. Tengo una fórmula para sorprenderlos: para hacerles creer que el mal trago por el que están pasando ya me lo bebí, más de una vez, más de mil, y hace tiempo. Así que para curarlos utilizó sus propias palabras, les digo algo que me dijeron hace tiempo, y aunque se lo digo con sus propias palabras reaccionan como si fuera la primera vez que lo escuchan, y como en un milagro bíblico, se levantan y caminan.

Sin duda esta enfermedad debe tener un nombre propio. Claro que, tal y como están las cosas o mete uno los pies en agua caliente o todo serían problemas. Más problemas. Creo.

VIPS

En la página 65 de la Schott´s Original Miscellany, traducida por doña Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, y entre La clasificación decimal de Dewey y Los Ángeles de Longfellow que, como todo el mundo sabe sospechaba que los distintos cuerpos celestes tenían regentes angelicales, Uriel para Marte, Orifel para Saturno, Rafael para el Sol, se encuentra la expresión de una pericia que bajo el epígrafe de Ascienda de Categoría no ha podido ser escrita sino por un espíritu español.

“Encárguese un sello como el del gráfico adjunto, y un tampón, y selle sus pasajes de avión de forma visible. Guarde los pasajes en un sobre cerrado y entréguelos en el mostrador de facturación con actitud de total seguridad.”






La empresa Manipapel que, es sin duda una de las más competitivas del mercado pero, seguro que cada lector dispone de tamponería propia, puede fabricarte este ingenio por el módico precio de 13,26 euros, y sin recargo adicional ninguno sobre los gastos de envío, si uno es lo bastante osado como yo, y hace un pedido de más de ciento cincuenta tampones. Es decir, de ciento cincuenta y un tampones.

Aunque las circunstancias actuales no se esfuercen en demostrarlo el éxito ha sido mucho mayor de lo previsto. No sólo he viajado en primera sin más equipaje que mi sello, una esponja de tinta en una caja de hierro, y un puñado de sobres, sino que puedo asegurar que se puede vivir sin salir de primera. La comida es buena y la bebida es gratis.
Se puede sobrevivir en primera. He dado al menos once vueltas al mundo y puedo encontrar sin dar un paso de más, un retrete, un rincón para fumar un pitillito y una taberna, en los aeropuertos de más de medio mundo.

Pero como suele ocurrir en estos casos el mundo se me quedó pequeño y regresé a mi pequeño despacho en Sánchez y Sánchez asesores. Sellé mis informes con el mismo tampón que los billetes de avión, aunque esta vez utilicé tinta roja, sin duda este color haría resaltar mis esfuerzos por ascender. Dos semanas después y, en lo que hoy considero uno de los días más afortunados de mi vida, me despidieron de la empresa. Mi querida Beatriz tampoco quiso comprenderme, y no tuve que subir los dos pisos para despedirme la tarde en la que encontré mi maleta bajo su ventana. Dentro estaban mis ciento cincuenta y un tampones, las cajas de tinta y un paquete de sobres. Mis sobres. Con esto os volveré a conquistar, pensé.

Desde entonces trabajo en una céntrica estación del metro, entre la Real Academia de la Lengua y el Banco de España. Mis clientes llevan trajes caros y son generosos con las propinas. Sello sus tickets de restaurantes, sus tickets de aparcamiento, sus billetes de avión y sus billetes del AVE, he sellado invitaciones a bodas, bautizos, comuniones y sepelios, entradas de fútbol, de conciertos de rock y de música sinfónica, he sellado zarzuelas, teatros, conferencias, presentaciones y alguna que otra recomendación.
Parece que a Ellos les funciona.

De menuda me libré

De menuda me libré.

Había una gotita de sangre en cada escalón, camino de su cuarto. Rueca, pensé, y busqué una rueca. Sé que son como una bicicleta panza arriba, que tienen un pedal y una delicada aguja que pincha con solo rozarla, pero no había ruecas, solo había libros. Libros de poesía. Sólo de poesía. Pensé en marcharme corriendo pero era bonita como una de esas cosas que no importa cuanto cuesten.
Además había una gotita de sangre en cada escalón de camino a su cuarto.

No había más sangre en su cuarto, había libros, más libros, de poesía, más poesía, pero se estaba quitando el jersey, y además de los libros estaba desnuda su espalda.


-Voy a ponerme cómoda. Si quieres un whisky hay coñac en la nevera.-dijo, antes de cerrar la puerta del baño.

Había una neverita junto a la cama, no conocía ninguna de las botellas. Parecía una botella de coñac, pero la etiqueta era roja y estaba en cirílico. Lo probé. Coñac. Había un vaso en la mesilla. Lo olí. Coñac. No te la bebas entera, pensé.

Bajo el vaso había un libro. Poemas de William Faulkner. Lo abrí. En cada poema y en una extraña progresión aritmética que no conseguí descifrar, había palabras tachadas a boli y a conciencia. No había un solo poema que hubiera soportado su corrección. Tachaba a conciencia, supongo que aquellas palabras que a su parecer no deberían estar allí. Y tan incapaz me sentía de descubrir cual había sido cada palabra tachada como de descifrar la misteriosa progresión aritmética a la que obedecían. Sólo el coñac era fácil.

Bajo el libro de Faulkner había un libro del otro William. Lo abrí. Los dos habían sufrido la misma operación. Eran nuevas estas progresiones, más distanciadas, por lo tanto más complicadas de descifrar. Evitaban, supongo por lo que al sonido del verso se intuía, las rimas y las palabras que no debían complacerla. Bajo el libro de Shakespeare, había un libro de Cummings. La misma operación gobernaba la edición. Leí los poemas de E.E. No sabía como eran en su versión original pero en esta, tachonada de borrones, eran estupendos. De un largo poema no se podía leer más que estas nueve palabras. “Ni siquiera la lluvia tiene las manos tan finas”.

Había más libros en el suelo. Los abrí. Todos habían pasado por sus manos. En todos había palabras tachadas. Los libros que había en el sillón, en la silla, sobre la lámpara, bajo la mesa, bajo la silla, bajo el sillón, todos habían sido corregidos. Solo el coñac era como estar en casa.

Por la mañana los libros seguían allí, e hice lo que tenía que hacer. Entré en el baño y eché el pestillo. Llené la bañera de agua caliente, no tuve que desnudarme, me metí en el agua y me di cabezazos contra el grifo hasta que los del Samur echaron la puerta abajo. Me sacaron en camilla pero estoy seguro de haber dejado al menos una gotita de sangre en cada escalón.

La recuperación ha sido un éxito extraordinario y aunque mi frente parezca una patata, cuando me veo en el espejo, o me toco la cabeza, me digo una y otra vez. De menuda me libré. Ay, madre, si te lo pudiera contar. Si lo supieras, seguro que dejabas de llorar. Ay, madre, de menuda me libré.

Con el jazz me ocurre lo mismo

Me deja de interesar el jazz cuando desaparece el deseo de melodía y emerge la siempre fría mecánica de los virtuosos.
No hay quien lo aguante. Si no se puede tararear no me interesa.

Ocurre lo mismo cuando alguien se me acerca en busca de información médica, me pregunta por Tonino Guerra o me dice que le encantan los hombres con uniforme, mientras me bruñe los dorados botones del cuello.
Basta con que me bruñan un poquito para hacerme tararear.

Con el jazz me ocurre lo mismo.

No se puede tararear fuera de la melodía, se puede obrar fuera de melodía, pero no se puede tararear.

A pocos pasos de mi casa hay un centro para jóvenes que no saben tararear. Se atragantan intentando gritar “MIO” cuando les robo algún juguete, el jersey o el paraguas, y solo unos pocos, muy pocos, pueden perseguirme antes de que se les anuden las piernas, olviden lo que buscan, o se revienten en el intento la cara contra el asfalto.

No son malos chicos pero los perros de todas las casas les ladran al pasar.

A las once de la mañana los sacan de paseo. Cinco minutos antes de las once dejo todo lo que estoy haciendo, me siento en la ventana, enciendo un cigarrillo, y espero a que pasen frente a casa. Son más de doce. Siempre más de doce pero, la mujer que amo sabe que toda tentación es un peligro y que todos los peligros se repiten.

En cuanto me siento junto a la ventana me llama desde la oficina.
-Se me han dormido las manos- dice
-Es falta de potasio-digo
-Cómo era el poema ese de Tonino sobre las mariposas…-dice
- Contento lo que se dice contento
he estado muchas veces en la vida
pero más que nunca cuando me liberaron
en Alemania
que me puse a mirar una mariposa
sin ganas de comérmela. –digo.
-Tienes que recoger el uniforme, te he dejado el ticket de la tintorería en la nevera –dice.
-Nos vemos en un ratito –digo.

Cuelga, me visto, salgo de casa, cierro con llave y vuelvo a entrar. Recojo el ticket de la nevera y me voy. Claro que cualquiera que conozca a la mujer que amo sabe que, mientras hago todo eso ella me imagina vistiéndome, saliendo de casa, cerrando con llave, volviendo a entrar a por el ticket de la nevera , bajando nuestra calle con pasos largos y tarareando alguna cancioncilla.

El simple hecho de pensarlo mientras bajo nuestra calle me impide dejar de tararear.

Con el jazz me ocurre lo mismo.

Para que un anciano me sea simpático

Para que un anciano me sea simpático tiene que tener la piel más fina que el papel de fumar, un reguero de venas azules, rojas y moradas colgada de cada ojera, y tiene que tener también los ojos amarillos y dificultadles para meter el corcho el en la botella.



Si lo encuentro en el bar y ha leído el periódico antes que yo, este debe estar manchado de gotitas que resultarían imposibles de distinguir entre gotitas de sangre, gotitas de coñac, o gotitas de babas sin un análisis forense.

Debe de fumar como dos carreteros muertos de frío, y si habiéndose olvidado el pañuelo, se tapa el agujerito del cuello con el dedo gordo para hablar o para que no se le escape el humo hechizará mi atención como hechiza el vuelo de la mosca al sapo.

Para que un anciano me sea simpático la comidas deben serle una excusa para empezar con el vino y para fumar sin excusa entre plato y plato. Si cumple con estos requisitos intentará engañarme si no viste una chaqueta de cazador-pescador o, cuando menos una chaqueta repleta de bolsillos el la que pierde constantemente las llaves, busca el mechero, cuenta las monedas sin sacar la mano, o se asegura, cada vez que ve a un desconocido, de que la cartera siga en su sitio.

Pero sobretodo, para que un anciano me resulte simpático, y en esto no puedo hacer otra cosa que ser pertinaz hasta la intolerancia, debe tener una señora a su lado.

Una señora que le robe las patatas fritas del plato, una señora que nunca le haga la pregunta del millón, que comparta su vino, que mire como si quisiera torturar a todas las mujeres que se acercan al anciano en busca de una calle o de fuego. En fin, una de esas señoras que lo lleve todas las noches hasta la cama sin permitirle tropezar con el mundo.

De no ser así, nada habrá más vano que los esfuerzos de los ancianos por seducirme.

Viernes


El viernes llegué temprano a trabajar con la estúpida idea de hacer dos cositas y regresar pronto a casa. El teléfono no dejaba de sonar y no tenía tiempo ni para poner una coma. La mejor llamada fue la de Marta. Marta me preguntó si conocía a alguien capaz de partirle las piernas a un ciego. Marta está cansada de trabajos esporádicos, una cosa es que los hombres entren y salgan, y otra que no encuentre curro fijo. Le digo que es demasiado profesional para este mundo, que el mundo funciona con becarios, y lo digo en serio pero, ella se ríe. Le pregunto ¿a ti en que te gustaría trabajar? Yo tengo un don, dice. Puedo coger cualquier poema, desde Homero hasta Elena Medel y convertirlos en sexo. Puedo cambiarles el sentido, y sin cambiarles siquiera la rima. Puedo hacerlo en latín, en griego, inglés, francés, italiano, catalán, y si me ayudas hasta en euskera. Es un don. Lo tengo desde siempre. ¿Conoces a alguien a quién le pueda interesar?
Déjame que lo piense, Marta. Preguntaré por ahí.

Los viernes cerramos la oficina a las dos.
A las tres seguía en mi despacho y las dos cositas que tenía pendiente las estaba metiendo en la mochila para hacerlas en casa durante el fin de semana. Una cañita y a casa, pensé cuando Guille golpeó el escaparate.
-¿se puede?
-Pues claro..

Guille que es sin duda un joven con muchas virtudes, posee una que yo admiro muy especialmente, y es que le da igual que sea vino, vermú, o whisky y tampoco suele parecerle ningún problema que sean las 8 de la mañana o las 3 de la tarde.
Apagué el teléfono y abrimos una botella de Bushmills. Guille está harto de trabajos eventuales. Antes me importaba menos, era como las chicas, vienen y van pero ya llevo 8 meses con Bea y necesito un curro estable, aunque sea de media jornada. Guille es un lector profesional. Hoy ha ido a cobrar un curro pendiente, ni el talón ni el director de la editorial estaban en la oficina.
Le han regalado un libro.

Dos horas, una botella y paquete y medio después vino a recogerle su chica.
Algo le preguntó.
-No, no estoy borracho, dijo Guille.

Nos fuimos a tomar unas cañitas al Santi.

Cuando encendí el móvil tenía 14 llamadas pérdidas de Gonzalo. Gonzalo es 10 años más joven que yo, trabaja en el museo del traje y tiene dos discos editados: Uno de hip-hop y otro de música electrónica. Ahora tiene un nuevo proyecto. Yo ya soy demasiado viejo para meterme en un grupo de rock´n´roll, pero de cuando en cuando se pasa por el Hotel, me enseña sus nuevas composiciones y yo me limito a escribirle y a hacer la línea de bajo.

Gonzalo tenía que grabar un tema, había conseguido un estudio de grabación y tenía que ser esa misma tarde. Necesitaba un bajista y no se le dice que no a un amigote. No, si se puede.

Eran casi las seis le dije que me recogiera en casa a las ocho. Me preguntó si recordaba un tema titulado “Oposiciones”.
A un amigo no se le dice que no. No, si se puede.
Sabía que en casa tenía un cd con el tema en alguna parte.

Cogí un taxi a casa. La mujer que amo estaba dormida. Tarde casi una hora en encontrar el cd. Todavía estaba un poco borracho pero me quedaba una hora. Una duchita de agua fría y saco el tema pensé.

Me duché, me cambié de calzoncillos, me puse un whiskito y cuando estaba sacando el bajo de la funda vi a Gonzalo aparcando el coche frente a casa. Eran las siete y cuarto.
-¿Tienes el cd?
-Lo tengo
-Cógelo y lo escuchamos en el coche, he buscado más de una hora en casa y no he encontrado mi grabación.
Le digo que quería revisar un poco el tema antes de ir a grabarlo.
-Ponlo si quieres pero llegamos tarde.

Pongo el disco. Mientras me pongo los pantalones, me tomo un par de whiskies, meto seis latas de cerveza en la mochila, escucho el tema, y me calzo, intento sacar la línea de bajo. No hay manera. Gonzalo ya esta en el coche.
-No olvides el cd.

La mujer que amo sigue dormida, le digo que me voy con Gonzalo al Jarama a grabar un tema. Me mira como si no me conociera, me da un besito, me desea buena suerte y vuelve a cerrar los ojos.

De camino al Jarama por la M40, Gonzalo me cuenta del baterista. Hace años que no lo ve, son amigos desde el colegio, es bueno de cojones, es profesor de batería. Estupendo, pienso. Intento concentrarme en el tema, pero no reconozco ni uno de los acordes. Gonzalo hace rock´n´roll con acordes de clásica. No entiendo nada. Me tomo otra cerveza. Llegamos.

El batería ya está allí. Es más alto que yo, tiene mucho más pelo que yo, un bigote del siglo pasado y entiende perfectamente las instrucciones que le da Gonzalo.
Entramos y a grabar. Mientras grababan la batería conseguí diez minutos para escribir la línea del bajo. Hay una nota disonante en el cuarto acorde de la estrofa pero no se nota mucho, creo. Puedes escucharlo aquí.

Gonzalo me dejó en casa a eso de la una de la madrugada. Me dolían los pies, estaba cansado, algo borracho, sudado, y todavía no había empezado a trabajar.