El Dentista

Hay partes de mi boca que mi lengua desconoce. Cuando bebo sin que nadie me vea, la lengua se me pierde en la boca y descubre zonas que no había lamido con anterioridad.

Desde luego yo no me enteraría de lo que hace mi lengua de no ser porque de cuando en cuando regresa con un recuerdo de otros tiempos.

Cuando ni la higiene ni la memoria los desean, mi boca se abre mecánicamente, y antes de que pueda darme cuenta, mis dedos índice y pulgar retiran de la punta de mi lengua una miga de algodón que anidaba en el dolor de alguna muela, un pelo corto y rizado que ni mi lengua ni yo podemos identificar o, en el peor de los casos, otro trocito de ese molar inferior izquierdo que hace años que en mi boca se cuartea como un palacio griego.

Dice mi mujer que vaya al dentista. Dice mi mujer que me va a llevar al dentista de las orejas. Dice mi mujer que ya ha pedido hora en el dentista, y que ha anulado todas mis citas para esa tarde. En cuanto encuentre el valor necesario se lo digo pero, mientras tanto, cómo contarle que ya hubo otras mujeres, que ya hubo otros dentistas.

3 comentarios:

Alberto M dijo...

lo mejor yo creo que sería operar eh

Anónimo dijo...

Digo yo que lo mejor es contar lo justo. Poco y al revés, dicen los que saben.
Abrazos y bienvenido de nuevo tras el largo descanso.
La semana que viene nos vemos dos veces.
Salud,
M

Anónimo dijo...

Los dentistas y las mujeres... Será por eso que son tan ergonómicos esos sillones. Posturas supinas, posición de Trendelenberg...

Será por eso que me inspiran tanto respeto unos y otras.

Pleased to meet you... again

G.