Para que un anciano me sea simpático tiene que tener la piel más fina que el papel de fumar, un reguero de venas azules, rojas y moradas colgada de cada ojera, y tiene que tener también los ojos amarillos y dificultadles para meter el corcho el en la botella. Si lo encuentro en el bar y ha leído el periódico antes que yo, este debe estar manchado de gotitas que resultarían imposibles de distinguir entre gotitas de sangre, gotitas de coñac, o gotitas de babas sin un análisis forense.
Debe de fumar como dos carreteros muertos de frío, y si habiéndose olvidado el pañuelo, se tapa el agujerito del cuello con el dedo gordo para hablar o para que no se le escape el humo hechizará mi atención como hechiza el vuelo de la mosca al sapo.
Para que un anciano me sea simpático la comidas deben serle una excusa para empezar con el vino y para fumar sin excusa entre plato y plato. Si cumple con estos requisitos intentará engañarme si no viste una chaqueta de cazador-pescador o, cuando menos una chaqueta repleta de bolsillos el la que pierde constantemente las llaves, busca el mechero, cuenta las monedas sin sacar la mano, o se asegura, cada vez que ve a un desconocido, de que la cartera siga en su sitio.
Pero sobretodo, para que un anciano me resulte simpático, y en esto no puedo hacer otra cosa que ser pertinaz hasta la intolerancia, debe tener una señora a su lado.
Una señora que le robe las patatas fritas del plato, una señora que nunca le haga la pregunta del millón, que comparta su vino, que mire como si quisiera torturar a todas las mujeres que se acercan al anciano en busca de una calle o de fuego. En fin, una de esas señoras que lo lleve todas las noches hasta la cama sin permitirle tropezar con el mundo.
De no ser así, nada habrá más vano que los esfuerzos de los ancianos por seducirme.
Debe de fumar como dos carreteros muertos de frío, y si habiéndose olvidado el pañuelo, se tapa el agujerito del cuello con el dedo gordo para hablar o para que no se le escape el humo hechizará mi atención como hechiza el vuelo de la mosca al sapo.
Para que un anciano me sea simpático la comidas deben serle una excusa para empezar con el vino y para fumar sin excusa entre plato y plato. Si cumple con estos requisitos intentará engañarme si no viste una chaqueta de cazador-pescador o, cuando menos una chaqueta repleta de bolsillos el la que pierde constantemente las llaves, busca el mechero, cuenta las monedas sin sacar la mano, o se asegura, cada vez que ve a un desconocido, de que la cartera siga en su sitio.
Pero sobretodo, para que un anciano me resulte simpático, y en esto no puedo hacer otra cosa que ser pertinaz hasta la intolerancia, debe tener una señora a su lado.
Una señora que le robe las patatas fritas del plato, una señora que nunca le haga la pregunta del millón, que comparta su vino, que mire como si quisiera torturar a todas las mujeres que se acercan al anciano en busca de una calle o de fuego. En fin, una de esas señoras que lo lleve todas las noches hasta la cama sin permitirle tropezar con el mundo.
De no ser así, nada habrá más vano que los esfuerzos de los ancianos por seducirme.